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Libros que deberías de leer

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La autora (fotografía de  Paulina Vaqueiro Toriello, de la revista leonesa Alternativas).

Marca de agua: Final o principio de algo.

Autor: Raúl Bravo

   Es evidente que no leemos el cuento como se leía en el siglo pasado o antepasado. Como bien lo resume Alberto Chimal, el cuento cambia: se modifica: se adapta. La responsabilidad es de quienes lo escriben y quienes lo leen. El cuento individual, esa rara avis con la que crecimos a través del consumo de viejas colecciones o antologías dentro del género, ha cedido su lugar al axioma holístico que hace referencia a que El todo es más que la suma de sus partes. Ahora estamos más acostumbrados a leer los cuentos como parte de un conjunto, como segmentos de un todo mayor. Esto implica, por supuesto, una lectura distinta que, si bien no afecta a la forma tradicional del cuento individual, nos enfrenta a otras relaciones entre el mundo del texto y el mundo de los lectores.


   Es en este apartado donde se suscribe Marca de agua de Ana Paulina Calvillo, libro  publicado en coedición por la Editorial Ficticia y Ediciones La Rana, dentro de la colección Biblioteca del Cuento Contemporáneo. La impresión de estar leyendo sobre un “mundo común” lo logra la autora mediante el entrelazamiento de ciertas descripciones, caracterizaciones de personajes y de una cronología consistente, así como en el manejo de ciertos temas, ideas y símbolos. Pero también es claro que no estamos ante un tipo de libro entretejido con pequeñas historias o variaciones unidas por una trama única.
 

   En buena medida, lo que el lector percibe mediante este artefacto lingüístico que la narradora utiliza a lo largo del encadenamiento de historias, es un efecto de eco: la conciencia de implicaciones y asociaciones que van más allá de lo que está escrito. En este mismo sentido, podemos mencionar la intención plenamente consciente por parte de la autora, en el uso de un determinado estilo, que Esther Selingson nombra como “subjetividad domada”, y que no es otra cosa sino una manera de hacer patente, de exteriorizar, de darle forma a esa vida interior, en este caso el de la autora, al constatar lo que para algunos escritores, la autoficción y la autobiografía como géneros literarios han pretendido (re)descubrir: que ninguna obra de arte está separada de la vida interior de su autor, no sólo de sus sentimientos, sino también de sus ideas, aspiraciones y prejuicios, de sus fobias y sueños… vaya, de su concepción del mundo.
 

   Es así que, la autora nos muestra pequeños atisbos de reconocimiento de su propia formación como escritora y lectora: el cuento norteamericano del siglo XX, con Carver, Cheever y Auster, por sólo mencionar algunos; pero, en especial, Carson Macullers con quien comparte ese hálito visionario que le permite construir su propio territorio gótico sureño, al evocar, como en El corazón es un cazador solitario de la escritora norteamericana, un espacio (Las Jacarandas), así como a un grupo de personajes pertenecientes  a la clase media mexicana de los años ochenta y la manera en que añoran ese espacio íntimo que no deja de esconder en sus profundidades sucesos dolorosos y hasta siniestros, algunos de ellos productos de las diferencias de clase social.

   En Marca de agua los personajes autoficcionales y, por qué no, autobiográficos, esas tres hermanas (Isabela, Galia y Alina), el padre y la madre de ellas, sus primos (en especial la prima Larisa), el parque de la infancia, el espacio geográfico de Las Jacarandas, el Chevrolet 50, cada uno busca su propia identidad en el mundo ficticio que la autora ha construido. Porque lo valioso del libro de Ana Paulina estriba en que el manejo del lenguaje hace las veces de materia como de referencia. Es decir, toda expresión en los relatos de Marca de agua nos remite a una “ficción” creada en el lenguaje mismo y no a una realidad externa.

   Es de agradecer a la autora la economía en la construcción de cada una de sus historias y el manejo sutil de algunos detalles fantásticos y de humor, que logran descargar ese ánimo confesional que surge al descubrir nuestro primer amor, al abandonar de manera irremediable nuestro jardín de la infancia y en el retrato de la familia como la piedra fundacional de nuestra sociedad mexicana contemporánea. Todos ellos espacios idílicos que naufragan sin remedio.


Si bien es cierto que, en la literatura, como en cualquier manifestación artística, se funden la intención y la expresión, también lo es en el sentido de que las palabras no sólo significan realidades, sino dan a entender o sugerir otras cosas. Es aquí en donde Marca de agua deja su impronta por demás indeleble: es un conjunto de historias que por sí mismas son universos cerrados, pero que, a la vez, en su conjunto nos sugieren otras cosas. Se nota la preocupación por parte de la autora por la manera como quiere que su “mensaje” sea decodificado; en otras palabras, las variantes de estilo que esgrime a lo largo de las historias denotan no sólo un sentido o significado, sino su propia actitud respecto a este. Destreza que para la autora es una estrategia de la acción, Stanley Fish la describe en el caso del lector como “afectiva” por su carga de incertidumbre “en cuanto a que el lector está en su presente leyendo y construyendo una estructura cognitiva de comprensión e interpretación a partir de lo que ya leyó, pero también ante la expectativa de lo que leerá.”


   Invito entonces a las personas lectoras que se acerquen a Marca de agua desde una perspectiva diferente y en lugar de preguntarse ¿qué significan estas historias?, hay que preguntarnos qué es lo que hace esta historia. Porque esta marca de agua nos recuerda, como diría Alicia Yllera, que toda obra es un “mundo” ficticio. Un final o principio de algo.

Marca de agua, de Ana Paulina Calvillo, colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo, Editorial Ficticia y Ediciones La Rana, México, 2023.

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